En el 25 aniversario del estreno de la serie de televisión Sexo en Nueva York (Sex and the City, Darren Star, 1998), he vuelto a visionar la serie original para intentar entender qué es lo que atrae al espectador de un formato con unas mujeres protagonistas en la que lo tradicional, convencional y machista está presente. Y tras verla de nuevo con una perspectiva más adulta (cuando la ví por primera vez era adolescente), entiendo que son las vidas de las protagonistas y su amistad las que funcionan como motor y éxito de la serie (por mucha polémica que hubiera con el retrato del sexo en televisión ó lo explícita que es su descripción del sexo).

Y es que siendo sinceros, a mí que me apasiona escribir, el hecho de publicar una columna semanal escribiéndola desde mi casa —teletrabajando— y concretamente, desde un precioso apartamento en Nueva York, y que este trabajo me permita poder pagarme ese apartamento, las comidas y salidas con mis amigas a lugares modernos y glamurosos en Nueva York todas las semanas y zapatos caros (llegando a tener 40,000 USD sólo en zapatos), eso sí que es un buen trabajo. Porque antes de conocer a Mr. Big, Aidan (el más normal de todos) ó al ruso, Carrie ya vivía en ese apartamento, disfrutaba de esos lugares caros de la gran manzana y se compraba zapatos de Manolo Blahnik. Es decir, el hecho de que casi todas las parejas de Carrie sean hombres millonarios no quita que aparentemente, esa vida se la pueda permitir ella misma publicando una columna a la semana. Eso es una vida de ensueño que poco se parece a los trabajos de ocho horas diarias ó más que un ciudadano medio tiene que trabajar para llevar una vida que en muchas ocasiones no le da para vivir en un apartamento así en una gran ciudad como Nueva York ó para comprarse una cuarta parte de los zapatos que se compra Carrie.

Por otro lado está Charlotte, a quien nos la quieren describir como la mujer romántica por excelencia que busca el marido perfecto cuando lo que realmente busca es el marido rico perfecto para que le pague la casa y los lujos que desea. Por otro lado está Miranda, quien es desde luego el ejemplo de mujer más normal de todas y quien parece que al no ser tan atractiva como el resto —dentro del canon estipulado por la sociedad—, sí que se le da un buen trabajo y se la describe como una mujer exitosa que termina creando una familia cuando no era su propósito en la vida. Y por último, Samantha, la primera vez seguramente que se describía en televisión a una mujer activa sexualmente que valoraba el sexo por encima de todas las cosas.

Y es esa amistad de las cuatro la que al final ha retenido a tantos espectadores femeninos, homosexuales y transexuales desde su estreno, quienes vieron esas seis temporadas de serie que empezaron a finales de los años 90 y terminaron en 2004, que después volvieron con dos películas dirigidas principalmente a los fans y un reboot de la serie sin Samantha para fans con nostalgia y nuevas generaciones y que continuará este año con una segunda temporada. Carrie no sólo fue una de las primeras personas en disfrutar del teletrabajo sino que fue a su vez una afortunada del trabajo en remoto con un empleo de ensueño que es bastante poco creíble para la vida que llevaba pero que desafortunadamente, muchas más series y películas han seguido copiando para describir una realidad irreal que vende un sueño imposible.