Póster de la película 'El diablo viste de Prada' (David Frankel, 2006)

El diablo viste de Prada, el mundo corporativo del siglo XXI

⇓ SPOILERS A CONTINUACIÓN ⇓

Se cumplen veinte años desde el estreno de la película El diablo viste de Prada (David Frankel, 2006). La adaptación del libro de Lauren Weisberger está considerada película de culto por lo bien que supo describir el mundo corporativo de esos años y su jerarquía. Con su primera secuencia nos muestra la diferencia entre quien desconoce cómo es una corporación como la dedicada a la moda, y una gran mayoría de mujeres que cumplen esos estándares que tanto reclama el mundo laboral. Son este segundo grupo de mujeres quienes tienen una rutina de preparación larga y ardua cada mañana antes de ir a la oficina.

Con esta introducción a ritmo de KT Tunstall, es fácil que la espectadora empatice con el personaje de Andy —a quien interpreta Anne Hathaway—. En el lado opuesto se encuentran el resto de mujeres que parecen modelos de pasarela y son con quienes la industria quiere que nos obsesionemos por parecernos más a ellas, y seguir unos cánones establecidos y un mundo de puro consumismo capitalista.

Andy no mira las calorías que come y se compra bollería para desayunar, se maquilla poco y se viste sin destacar yendo con ropa cómoda para ir en metro a su trabajo. Y su pensamiento está en el extremo opuesto a lo que se encuentra al llegar a la revista. Allí se adentra en la locura y el caos con todos los trabajadores moviéndose para contentar a la jefa de la empresa, y tener su simpatía.

El mundo corporativo: jerarquía y toxicidad

Meryl Streep da vida a una mujer totalmente involucrada con su trabajo pese a tener una familia con dos niñas. Con altas exigencias hacia quienes le rodean gracias al éxito que posee la revista que está a su mando, esto hace que sea una persona tremendamente desagradable, creída, arrogante y lo que podríamos resumir como alguien a quien no nos gustaría tener cerca. Su comportamiento con Andy desde el inicio describe bien la importancia de los roles jerárquicos y la toxicidad que existe en el mundo corporativo que se ha aceptado y normalizado sin cuestionamientos.

La banda sonora funciona bien para resaltar la locura de momentos como los que se viven dentro de la revista, pero también para meternos en esa cultura pop con canciones de Madonna, Jamiroquai, Alanis Morrissette, Moby o U2 que hace que la cinta sea a su vez entretenida. Y mientras tanto, vemos el bullying que sufre Andy por parte de compañeros mujeres y hombres, y cómo poco a poco va convirtiéndose en una mujer como las otras, aceptando todos esos estándares definidos, aguantando en un entorno dañino que no la representa, y cambiando su forma de ser mientras pierde sus principios e integridad por el camino.

Cuando adaptarse implica perder la identidad

Pese a que al final Andy sale de allí y se limpia su imagen —e incluso la de Miranda cuando una reseña positiva de una mujer tan poderosa como ella hace que Andy encuentre trabajo de lo que quería—, mucho sigue de ella de lo que ha aprendido en esa experiencia laboral. Como el enorgullecerse de haber bajado de peso —como todos le insistían en la empresa y ella ha luchado por conseguir—, o su nueva forma de vestir y de verse que sigue siendo la de una mujer mucho más arreglada que la de la primera Andy que conocimos.

De ahí que el mensaje que vemos en El diablo viste de Prada en el que se quiere que las mujeres cambiemos y luchemos por llegar a conseguir esos ideales establecidos tan marcados y extremos para ayudar a este sistema capitalista a seguir funcionando con un consumismo atroz y acabar siendo lo que se espera de ti, en parte consigue calar en nosotras. Nos lo venden y lo compramos. Y esto es una realidad que el mundo laboral actual intenta conseguir principalmente de las mujeres, y en una gran mayoría de casos logra que sea así.

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