El último emperador (Bernardo Bertolucci, 1985) se inspira en hechos reales para contar la historia de Pu Yi, el niño al que con tan solo dos años se le arrebató de su madre para llevarlo a la Ciudad Prohibida y que se convirtiera en emperador. Encerrado en ese palacio, la película se centra en su educación y día a día, y los enormes cambios que sufrió tras los sucesos históricos que acontecieron en China en la primera mitad del siglo XX. La cinta se mueve entre pasado y futuro para describir una historia de vida a la que marcaron especialmente los cambios políticos y guerras del momento.
Cuando te paras a informarte con atención de los sucesos históricos que tuvieron lugar en China en esa época, te das cuenta de que el guión de la cinta está lleno de discrepancias o interpretaciones personales. La estructura del filme no es lo suficientemente explicativa de todo lo que aconteció, y esos constantes saltos en el tiempo no ayudan a entender los cambios que se dieron en el país. A ello hay que sumar que se romantiza y sexualiza la historia gracias al director.
La mirada masculina como eje del relato
Bertolucci vuelve una vez más a recurrir a la desnudez femenina como recurso ornamental y no narrativo. El personaje de Wan Rung queda reducido a un cuerpo expuesto con sus desnudos, incluso en escenas en las que no aporta absolutamente nada al relato ni al estado emocional del personaje. No es erotismo con sentido dramático, ni una reflexión sobre el deseo, ni una crítica al poder. Está hecho solo para la mirada masculina gratuita, la misma que atraviesa buena parte del cine de Bertolucci.
Tras haber realizado El último tango en París (1972), Bertolucci siguió siendo celebrado y ni él ni su carrera cinematográfica se vio perjudicada por la violación cometida delante de la cámara a su actriz principal en esta cinta. La cultura cinematográfica se ha ido caracterizando por tener unos valores machistas, jerárquicos y complacientes con los abusos de poder gracias a personas como Bertolucci y a todos aquellos que decidieron mirar hacia otro lado y subir a la cúspide a estas personas. Todo mientras otros fueron silenciados, estigmatizados y a quienes se destrozó psicológicamente con total impunidad, como le sucedió a la actriz Maria Schneider.
Prestigio autoral frente a una historia desaprovechada
El último emperador es un nuevo ejemplo de una película que siguió subiendo el prestigio del director, cuando lo verdaderamente interesante de toda ella es la historia y vida que tuvo tanto Pu Yi como las mujeres que pasaron por su vida. Con ese final tan de película, la cinta se deja mucha historia interesante atrás, y cambia y ficcionaliza lo sucedido para construir el relato.
El filme sirve para tener una base sobre una parte de la historia de China que es tremendamente apasionante. Sin embargo, la elección de su guionista y director no ha sido la mejor, ya que con los 255 minutos de duración tenía mucha historia que destacar, pero la ha utilizado para romantizar, sexualizar o tergiversar una historia adaptada al ámbito occidental para hacerla más peliculera. Y así como a Pu Yi, Wen Xiu, Wan Rong o Tan Yuling les condicionó profundamente el momento histórico en el que vivieron, ese mismo factor jugó a favor en la carrera y reputación de Bernardo Bertolucci.
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